Al mismo tiempo que Vicenta mojaba la magdalena en el café, iba elaborando mentalmente los cuatro bizcochos que aún le quedaban por preparar.

Vicenta era una mujer de mediana edad, que cubría su soledad trabajando como una mula. Ella era la dueña de un pequeño restaurante de corte familiar y, aunque no tenía muchos comensales para el desayuno, disfrutaba de una clientela fija y empecinada en degustar sus deliciosos bizcochos caseros antes de irse a trabajar. Sus clientes la llamaban, por simples méritos propios, "Vicenta, la presta", capaz de entregarse a mil y un tareas a la vez, sin mostrar un ápice de mal gesto en los modos , ni una pizca de cansancio en el rostro.

Por el pequeño local pasaba a primera hora de la mañana la clientela habitual. La Doctora Requejo, con su porte altivo y su voz de pito, que no encajaba en aquella perfilada estampa. Federico, el cartero, al que en el conventillo del pueblo le apodaban cariñosamente como "el cornudo saltarín", porque al descubrir a su mujer retozando con el alcalde de barrio, se lió a dar saltos como poseído por el baile de San Vito, confesándole a todo el mundo los pecados que su mujer desvergonzada, materializaba en los brazos del corregidor. Ramón, el fornido pescadero, capaz de vender hasta las raspas del pescado, alegando que con una capa de barniz coloreado y una buena dosis de ingenio, se podrían elaborar entrañables figuritas para el Belén de Navidad. Julio, el apoderado del Banco, siempre dispuesto a hacerle guiños picarones a Vicenta, con la consabida rabieta por parte de ella como respuesta, pues la dueña, le dejaba entrever de manera poco precisa, que era una mujer muy honrada y decente. A coquetería no la ganaba nadie.

Y es que la susodicha, había mantenido un noviazgo de los largos, de más de 10 años y, cuando sonaban campanas de boda, el buen mozo se largó con viento fresco, dejándola en la estacada, humillada y sola. Desde entonces, juró y perjuró no tener relación con ningún corcel que quisiera posicionarse gracias a su trabajo. Siempre guardaba una prudente distancia con quien osara cortejarla, pero también dejaba una clara señal de necesidad amatoria, si así lo veía oportuno. Y desde luego, Don Julio era un buen partido, todo un señor de la banca y un caballero, aunque tremendamente juguetón.

Las ondas radiofónicas siempre acompañaban a Vicenta en los amaneceres de aquella luminosa cocina:

Ocultan la muerte de su madre para seguir cobrando la pensión ... -¡ Jesús, María y José,que cosas pasan !- pensaba en voz alta a la vez que mezclaba con el ahínco de un tornado los huevos, la harina y la mantequilla-.

El fiscal propone imputar a la vicepresidenta de Castilla y León por el caso "Ciudad del golf"... -¡Que vergüenza, tanto bombo como se las dan los políticos y la mayoría de ellos son todos unos chorizos !-

Durante la jornada se prevé un aumento de la nubosidad en el extremo norte peninsular, con posibles lluvias en el Cantábrico..- Casi que alegro el bizcocho con un chorrito de Anís. Julio se chupará los dedos.

Noticia de última hora:

Un artefacto acaba de producir una impresionante explosión en un restaurante colindante de la ciudad de Oviedo.
Desgraciadamente nos comunican que hay varios muertos, aunque, aún se desconoce la cifra con exactitud , tambien tenemos constancia de la existencia de un número considerable de heridos y de cuantiosos daños materiales, como consecuencia de la onda expansiva en la inmediaciones del grave suceso.
Se baraja seriamente la posibilidad de que el siniestro sea fruto de un brutal atentado terrorista.
Nuestros corresponsales se han desplazado a la zona siniestrada para mantenerles a todos ustedes puntualmente informados de esta terrible noticia .

-¡Ave María purísima ! Que barbaridad . !Hay que ver que el mundo está loco de atar¡, Cuanto desalmado suelto.

-Tengo el estómago encogido por las noticias del atentado que acaba de producirse-, aseveraba en su entrada con indignación la Doctora Requejo, con el rostro totalmente descompuesto e impecablemente vestida.
-Perdóname, Vicenta, que ni siquiera te he dado los buenos días, pero es que hay noticias que le indigestan a una el día, y hasta los buenos modales se resienten con estas malas acciones.

Vicenta, presta, añadió:

- Le pongo un cafetito bien cargado con un buen trozo de bicocho, que con el estómago vacío los malos tragos perforan mucho los intestinos. Bueno, de eso debe saber usted mucho más que yo, que usted está leída y estudiada, no como yo, que ya sabe usted que soy medio analfabeta -

Los clientes se arremolinaban en la barra del bar, fundiéndose,y confundiéndose en las sucesivas conversaciones que surgían entre ellos.

- Un zumo de tomate con unas cuantas gotas, ejem..tú, ya me entiendes, Vicentita- Pedía con convicción socarrona Ramón el pescadero, empujando y haciéndose un gran hueco en el centro de la barra.

- Estos hijos de puta la han vuelto a armar gorda- comentaba Federico el cartero, agitando la mano para arriba y para abajo en un gesto de denostación, y con su habitual fluída verborrea para captar atención.

- Vicentita, sabes que eres el amor de mi vida, la mujer más valiente, trabadora y hermosa, que yo jamás haya conocido-, decía como siempre el grácil y ágil Julio, para provocar de inmediato en el rostro de Vicenta, el desairado ceño fruncido que tanto perseguía.

En un instante de aquella agitada mañana , todos los clientes del restaurante se callaron a la vez, como si alguien, con mucho poderío de mando, les hubiese ordenado silencio. Miraron de manera colectiva y, a modo de coral, como queriendo analizar a aquella pareja de Guardias Civiles que hacían su entrada por primera vez en el establecimiento.

- Buenos dias , ¿qué se les ofrece? - Añadió Vicenta en un noble gesto por mostrar hospitalidad, ante la autoridad que la visitaba por primera vez.

Ambos agentes , en completa sicronización de ideas, contestaron a Vicenta con una mirada tan profundamente compungida y llena de sentimientos penosos que encogía el corazón.

- Ale, vamos Vicenta. Que ya sabe usted que este no es sitio para montar un restaurante. Ya le tocará cuando le llegue la hora , buena mujer - Le comentaban con tono cauteloso y familiar, la pareja uniformada.

Cuando los dos agentes se llevaban a Vicenta de manera cariñosa y envuelta en sus brazos, las tumbas de Ramón. Requejo. Julio y los demás clientes habituales, parecieran cobrar vida entre los manteles de hilo y los cubiertos de plata que, con tanto esmero desde el tremendo suceso, colocaba la mujer, escrupulosamente, durante todos los días de su vida....