en la cocina

Mi abuela tenía siempre la radio encendida mientras tejía sin parar cualquier labor que tuviera por ocurrencia.

La radio tenía su sitio preferencial en la casa, en el mismo centro de la mesa de marmol en la cocina, el lugar donde se pasaban los días, todos los días con sus largas noches y sus menguados días, o viceversa, dependiendo de la estación que reinase por el momento.

La radio acompañaba el despertar de la casa de mi abuela , con el fondo ambiental del canto del gallo mas fornido del corral, el que mejor y mas voluptuoso timbre de voz le regalase la providencia.

Mientras el cacarear del gallo revelaba un nuevo día, las noticias no paraban de inundar la casa con sus pitidos entrecortados que avisaban del parte de la mañana, rociado por los aromas a carbón de cocina recién prendida, y a aquél chocolate duro " la herminia" , que empezada a deshacerse lentamente a través del calor encerrado en aquél puchero llamado chocolatero.

En aquella casa, nunca se tomó café como Dios manda, mi abuela decía que el café era nefasto para el sistema nervioso, y que en su defecto, quien no gustase de prescindir de él, podía suplirlo con achicoria , un sucedáneo la mar de sustancioso con miles de beneficios milagrosos para todo el organismo.

Por aquél entonces, y aunque las modernidades de ahora no formasen parte de la vida de antes..El ritual del aseo era un acto de dignidad obligado y convertido en una disciplina muy dificil de saltarse a la torera.

La revisión de oídos, uñas, pelo correctamente trenzado y con los lazos puestos en su sitio, era un gesto cotidiano del que nadie podía escabullirse. Mi abuela era muy severa para estas cuestiones del aseo matutino, y cuando veía que un pelo de mi cabello no estaba en su sito, sacaba aquel peíne de puas tan firmes como rudas, humedecía mi pelo, y lo trabaja hasta dejarlo como ella creía que debía lucir ,osease, perfecto.

Mi abuelo estaba atento a las noticias del nuevo día, mientras se afeitaba mirandose al espejo que colgaba de la ventana de la cocina, con gesto fruncido, acompañado de un suave movimiento de cabeza que delataba contrariedad en el contenido fascista que fluía por las ondas de aquella radio, comentaba con desaire : ¡ Va a estallar una revolución ! aseguraba con el sonido machacón del que está recitando una oración.

Mi abuela asentía a lo que decía el abuelo, y añadía: La radio habla mucho, no para de hablar.. tonterías.